¿Qué es el choque cultural?

Una de las cuestiones a las que debemos enfrentarnos en esta nuestra futura profesión es la del choque cultural. Pero, ¿cómo lo hacemos? Debemos mediar, pero ¿hasta qué punto debemos cambiar el contexto, sumergirnos en la cuestión si el choque es ajeno a nuestra cultura y nosotros solo debemos tenemos que transmitir una idea? Como con todo, la cosa cambia cuando lo sufrimos en nuestra propia piel. Vivir esta experiencia nos cambia no solo cuando vamos a vivir a un país: un turista siempre se sorprende, si bien es cierto que mayor es la sorpresa si una persona deja su país para irse a vivir a otro.

¿Consideráis que es una suerte pasar por una experiencia como esta? Hay personas que opinan que sí, por lo que, si os interesa, aquí tenéis el testimonio de una de las alumnas del grado que lo ha vivido:

Cuando llegué a España tenía once años, por lo tanto no tenía muchas ataduras con Rusia, tan solo unos pocos amigos y un par de familiares que sabía que vendrían a visitarme. Me mudé tan solo un mes antes de empezar el colegio, por lo que no tuve suficiente tiempo para empezar a aprender el idioma y, aparte de eso, al estar todas las academias cerradas durante el mes de agosto, tampoco tuve la posibilidad de comenzar a ver algunos aspectos básicos.

En cuanto a la impresión que causaba la gente: al principio me asustaba un poco… La cultura española es muy «sobona» (se tocan mucho cuando hablan, se dan dos besos al saludarse y despedirse, la distancia física en las conversaciones es menor, etc.) y, al estar acostumbrada a la idea de «un metro de separación» tan frecuente en Rusia, me resultaba extraño y sospechoso que los españoles fueran tan diferentes. Muchas veces sentía que mi espacio vital estaba siendo invadido y prácticamente violado.

Por otro lado, durante los primero seis meses vivía con continuas jaquecas causadas por el decibelio de voz de los españoles a la hora hablar en grupos superiores a tres personas. Las primeras tres o cinco veces resultaron especialmente aterradoras, principalmente porque, al desconocer la lengua, creía que esas personas estaban discutiendo y me daba miedo que esa discusión llegara a las manos.

Está claro que no todos los aspectos del choque cultural fueron negativos. A pesar de haber estado unas tres veces en España antes de mudarme definitivamente, desconocía lo rica que está la comida hasta instalarme definitivamente en el país. Debo reconocer que, aunque sea rusa y haya vivido ahí más de una década, nunca me ha gustado mucho la comida típica de mi país: podría decirse que tan solo se salvan dos o tres platos. De este modo, una vez que degusté la comida española, empecé a verle el sentido al acto de comer (cosa que para mí, de pequeña, en función de la comida que hubiera, suponía una pérdida de tiempo en numerosas ocasiones).

Otro choque cultural que debo destacar (y que puedo relacionar con la carrera que estoy estudiando) es la televisión y los doblajes de cine. Durante mi infancia solo hubo un dibujo animado que pudiese visualizar con una buena traducción y un buen doblaje: hasta el año 2000, aproximadamente, las películas y las series de televisión eran traducidas por aficionados y no se doblaban, sino que el mismo traductor, siguiendo la técnica de voice-over, doblaba a todos los personajes. Las traducciones no siempre eran buenas porque, generalmente, las canciones no se traducían (o solo se traducían las primeras estrofas) y porque, si el traductor no entendía o no sabía traducir un fragmento determinado de la película, dicho fragmento se dejaba en versión original y el espectador se veía obligado a apañárselas para entenderlo como fuera. Así que, además de la comida, empecé a disfrutar también de la televisión.

Por último, un aspecto cultural importante que noté al cambiarme de un país a otro y de una cultura a otra fue el de la educación. El sistema educativo ruso es mucho más estricto que el español: los profesores (ya sean de escuela, de instituto o de universidad) deben tratarse siempre de «Usted», llamándolos por nombre y apellidos; el tiempo del que disponíamos para hacer los trabajos era considerablemente inferior al de España (los niños debían hacer trabajos y proyectos importantes en un plazo no superior a los tres o cuatro días); la docencia no es tan lúdica sino que, incluso en la educación primaria, se asemeja más a una clase magistral universitaria que a una clase de primaria de España en la que abundan juegos, canciones, películas, etc. Así que, el primer curso escolar en España fue para mí como estar de vacaciones.

Poco a poco me fui acostumbrando a todas las diferencias culturales. Como he dicho antes, no tenía muchas cosas que echar de menos pues los familiares más cercanos estaban aquí conmigo. Aparte de eso, la mudanza a España no me cogió por sorpresa, se llevaba meditando durante un año, por lo menos –es tiempo más que suficiente para asimilar la idea de que te vas para siempre y habrá muchas cosas que seguramente no volverás a tener y mucha gente que seguramente no volverás a ver. Al principio de esa meditación tuve sentimientos de «prenostalgia» o de la nostalgia que podría tener al irme, pero fui comprendiendo que era algo que necesitaba hacer y que, a fin y a cabo, cualquier cambio es una aventura y las aventuras nunca son malas, sino son experiencias que nos proporcionan un aprendizaje útil para la vida y la forma de verla. También, durante esa meditación, pensaba en que, aunque fuera a perder algunos aspectos de mi vida, ganaría otros nuevos: aprendería una nueva lengua, conocería a gente nueva, haría nuevos amigos o conocería más cosas que aquellas que pudiera haber llegado a saber si no me hubiera ido.

Para terminar, conforme nos vamos haciendo mayores, vamos madurando, el punto de vista va cambiando, las experiencias se perciben de otro modo, las ideas cambian y todo aquello a lo que aspiramos y lo que queremos para nosotros también cambia. Claramente, la experiencia de un niño que cambia de país y de cultura no se puede comparar con la de un adulto: las necesidades, el conocimiento del mundo, los lazos establecidos con la propia cultura no son iguales ni tan fuertes como las de un niño. Por esto, creo que un niño tiene menos choque cultural a la hora de cambiarse de un país a otro; no solo por la facilidad que tiene para aprender una lengua nueva, sino porque no echa en falta tantas cosas como las que un adulto podría añorar. La nostalgia es propia de los adultos. Aún así, el haber tenido esta experiencia me ha quitado la posibilidad del miedo a lo desconocido, pues sé que allá donde vaya (ya sea de vacaciones largas o para siempre) me irá bien tarde o temprano. Si tuviera que mudarme «para siempre» a otro país ahora, me costaría desprenderme de muchas cosas: la familia, los amigos, los sitios que conozco y que adoro, las costumbres arraigadas, la comida, el sol, la montaña, la playa, incluso el cierzo de Zaragoza. Sé que al principio sentiría mucha nostalgia, pero no estoy muy preocupada por esta idea porque estoy segura de que esta nueva aventura también saldría bien. Y para finalizar, con lo cambiante que es la vida y con las nuevas tecnologías que tenemos a nuestro alcance, esta distancia se puede disminuir y las despedidas ahora ya no son «para siempre».

(Dasha Finskaya

3.º de Traducción y Comunicación Intercultural)

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